
La damita de la proyección lunar, se encontraba ya pasada la media noche, sentada sobre una silla bebiendo el último sorbo de aquel líquido verde que le había preparado el casero con rendibú. Dicho hombre había perdido la pierna derecha, caminaba con bastón y prótesis labrados en cerezo y acompañado de su perro Tijerino; el accidente ocurrió nueve años atrás, en las tierras donde había colocado las trampas para los zorros que merodearan por ahí en la época de colecta de cerezas, y un día, borracho en la tarde salió a caminar, olvidó que las trampas podían atraparlo a él, y permaneció por día y medio enganchado a la prensa dentada mientras las hormigas rojas devoraban su carne.
La damita de la proyección lunar, había refugiado su cabeza bajo un casco metálico color rojo al que ella denominaba –casco cereza-, completaba el traje con una caja del mismo color y material que tenía una ventana sobre su vientre para no ocultar el terror que alguna vez recordó (o imaginó) al estar en el útero de su madre, envuelta en un mundo sonoro que nunca comprendió; su madre había muerto en el hospital después de un parto intenso y exhaustivo, bajo el terror del sonido de las bombas de la guerra de Vietnam. Esa mujer antes de morir, solamente pudo pronunciarle a un paciente vecino de su cama, que había perdido la pierna, que cuidara de su hijita.
El mundo de la damita, a partir de ese entonces sería el mundo de muerte y silencio, en el que se había desarrollado durante sus nueve años de vida; solamente articulaba algunas frases caóticas que se volvían cada vez mas tormentosas en su trabar de lengua, para eso, el único remedio era una cereza y el amor de la palmadita del casero que le daba en su traje metálico.
El casero cuidó de ella con pasión desde aquel día; cada madrugada le preparaba un elíxir de menta que la damita bebía con algarabía desde su tacita de cristal, y dentro de la blancura de la rústica habitación, se sentaba en la silla que se iluminaba por la proyección lunar.
De negro el cielo, la simbiosis de los personajes armonizaba la convivencia del caserón, y la damita conforme había crecido ya no cabía dentro del traje metálico, y habiendo renunciado a esa incomodidad, quitó la armadura mas no el casco, y descubrió después de tantos años de no haberse visto el cuello frente a un espejo, que portaba un medallón con la imagen de su madre; anonadada, la damita de la proyección lunar tentaba con maniego ansioso, el colgante de la cadena que tenía grabada en relieve una saeta apuntando a la luna; la damita se quitó el casco cereza y comenzó a tartamudear sus contadas frases, corrió a abrazar al casero en busca de consuelo y explicación pero él solamente pudo decirle que ésa era la imagen de su difunta madre y que no tenía suficientes cerezas y palmaditas para el trago amargo.
Sheila Rossier